RuMoRe RuMoRe

-“¡Cofff Cofff Cofff!”- Sonaba la tos, ajada, arañando la garganta del viejo
Bern. Con ella, las manchas en el pañuelo, la roja condena…

 Aun así, el viejo no perdía la esperanza, y en su dormitorio se entretenía
pensando en los últimos meses de la ciudad y en cómo había cambiado todo, y aún a pesar de la situación actual, Bern sabía que las cosas habían estado mucho
peor. Si, él no había sido de los habitantes originales de la ciudad, aquellos que sufrieron las consecuencias de la brujería, y de las plagas nigrománticas y antinaturales que aquellos infames hechiceros habían osado lanzar sobre Mecia, pero había oído las historias y había convivido con algunos de los herederos de la negra leyenda, y por dios que no les envidiaba en absoluto.

 Había sido después, tras la muerte de los magos y el decreto de la iglesia de la prohibición de la hechicería en la ciudad, cuando ésta empezó a florecer de nuevo. El trafico comercial en el Río de la Vida atrajo multitud de personas de diverso origen buscando una nueva oportunidad. ¡Y vaya si la consiguieron! En pocos años el comercio quedó restablecido, y un nuevo grupo de emprendedores alzaban la ciudad hasta darle una gran importancia en el ducado.

 Pero no era eso lo que Bern recordaba mejor. Fue la llegada de Liance, el santo y bendito… El joven viajaba con una tribu nómada y fue encontrado por los miembros de la abadía. Después de eso, todo fueron sorpresas. Se declaró que el joven estaba tocado por Dios. Probablemente el momento cumbre fue cuando curó a Narsak el ciego: eso sí que fue increíble. A partir de entonces se le comenzó a venerar en toda la ciudad. ¡El santo de Mecia!

 Poco tardaron en comenzar a llegar los visitantes de todos los rincones de Kendoria. La fama de Liance no tenía fin. Por desgracia eso hizo que el santo fuese menos accesible al público; había demasiada gente esperándole así que se concertaban visitas.

 Casi un año después de la aparición de Liance, sin embargo, llegó la
enfermedad. Ya se sabe, un invierno malo, ratas en algún silo… Algunos
hablaban del poder de hechiceros, que envidiosos de la llegada de Liance habían intentado contagiar una nueva plaga. Bern no sabía mucho de magia, pero había sido de los primeros en ser cogidos por la peste. Pero Bern no tenía miedo, porque era un hombre devoto, y sabía que el santo estaba de su lado, y tarde o temprano arreglaría la situación.

 Cansado de divagar, miró a su alrededor. Su habitación había sido cerrada fuertemente. Había tablones en las ventanas que dejaban pasar luz y sonidos. Sintiendo la llamada de la naturaleza, Bern se fijó en que la palangana estaba llena, y llamó a su nieta a gritos.

 Al cabo de un breve lapso de tiempo, una figura embotada en ropajes blancos entró en la habitación -“Hola abuelo”- Le dijo -“¿Que tal te encuentras hoy?”- 
 -“Bien, bien”- Respondió Bern con convicción -“Recoge la palangana niña. Espero que dentro de poco pueda salir de aquí. ¡Oh, dios, no sabes las ganas que tengo de ir al campo y bañarme en el río! ¡Huelo que apesto!”- Dijo el hombre entre risas y accesos de tos.

 La niña se había acercado para recoger la palangana. Se le quedó mirando durante unos instantes. Llevaba una tela sobre la cara, pero por su movimiento se la veía confusa. -“Mama dice que no podrás volver a salir, abuelo… Dice que te vas a morir”- Dijo, con la voz temblorosa.

 Bern sintió un confuso dolor. ¿Por qué le habría dicho eso a la niña? Su
hijo se había casado con una mandona cascarrabias, ¡pero esto era ser cruel! -“El abuelo no se va a morir, pequeña”- Respondió intentando sonar reconfortante -“Al fin y al cabo Liance esta aquí, ¿no es así? El se encargará de todo.”- 
 -“Mama dice que Liance se ha vuelto loco.”- Respondió la niña, con la voz aun quebrada. El abuelo la miró perplejo -“Dice que el otro día salió a la calle y que se puso a decir tonterías sobre la peste. Que los otros monjes le han encerrado porque no quieren que confunda a la gente. Dice que los frailes están reuniendo a gente en la abadía, donde parece que no hay enfermos, y que nos dejarán a los demás a nuestra suerte…”-

 Bern no podía creer lo que oía. ¿Liance loco? ¿Encerrado? Era imposible: él mismo había visto como Narsak podía ver perfectamente. ¿Cómo podía un hombre que curaba cosas de esa gravedad estar loco? ¿Y los frailes negando ayuda a la gente del pueblo?… Y sin embargo la niña parecía no mentir. Todo esto era un duro golpe a la convicción de Bern.
 -“Abuelo…¿Te vas a morir?”- Dijo la niña.
 -“…No lo sé cariño, no lo sé…”- De repente, Bern se sintió mucho mas
enfermo que antes.

Más info aquí: EFEYL. La Abadía.

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